Los 800.000 décimos de Koldo

Koldo Díaz de Lezana muestra parte de su tesoro en su domicilio de Orduña. Abajo, el primer billete de su colección./Yvonne Fernández
Koldo Díaz de Lezana muestra parte de su tesoro en su domicilio de Orduña. Abajo, el primer billete de su colección. / Yvonne Fernández

Un jubilado de Orduña lleva más de medio siglo coleccionando billetes de lotería, pero nunca le ha tocado un premio

MARTÍN IBARROLAOrduña

Koldo Díaz de Lezana atesora más de 800.000 décimos de lotería y no ha ganado un premio en su vida, como mucho, una retribución de 20 euros. Tampoco parece importarle. «He comprado el número 20.713 para el sorteo de mañana. Solo espero que no me toque», comenta sin un ápice de ironía. Este vecino de Orduña desciende de los confiteros que elaboraban los Santiaguitos y pertenece a esa élite de coleccionistas en peligro de extinción que en los años 80 abarrotaban los mercadillos de las plazas y ahora sobreviven gracias a internet y a las viejas libretas de contactos. «Colecciono lotería, pero nunca me ha gustado jugar. Mi solución en la vida no es que algún día me toque el Gordo, estoy jubilado y he trabajado duro para tener el dinero que necesito. Es una afición para mi propio disfrute, nada más».

El interés de Koldo por estas participaciones se remonta a principios de los sesenta. «Tendría 14 años cuando entré en unas oficinas de Alameda de Urquijo y vi ocho décimos de 1964 guardados bajo una vitrina. Nunca me había fijado realmente en los billetes hasta entonces. Eran muy bonitos», rememora detalladamente tanto tiempo después. Fue precisamente a partir de 1960 cuando añadieron una temática anual a las sorteos nacionales. «Antes las ilustraciones eran muy alegóricas, incluso propagandísticas del régimen».

«Me gusta pensar que, gracias a este trabajo, hasta los billetes perdedores conservan un valor»

Koldo amontona ordenadamente diferentes colecciones en su desván: hay una con todos números desde el 00000 hasta el 99999; otra con los 10.000 décimos que incluyeron un código de seguridad de cuatro dígitos; un repertorio de décimos de todos los sorteos desde 1960 hasta hoy; dos series de capicúas normales y capicúas americanos –como el 24824–. Además, ha empezado tres nuevos proyectos: los 1.000 números de la mala suerte, que terminan en 13 y de los que le faltan 83 –sin contar el que habrá conseguido durante el próximo sorteo–; una serie de todas las cifras con billetes enteros; y la compilación de papeletas de todas las administraciones. Esta última le supone un auténtico quebradero de cabeza. «Hay algunas muy complicadas de rastrear. Un coleccionista de La Coruña me dijo que tenía un número de la administración nº 2 de Amorebieta, que no consta en ningún registro y ni siquiera sé si ha existido».

El más exclusivo

Esta afición le habrá supuesto una inversión de no más de mil euros en total. La mayoría de sus «tesoros» son billetes caducados, regalados o intercambiados con otros coleccionistas. «Les debo muchísimo a los loteros Conchi Villate, de Orduña, y Ángel Aguirreche, de la casa de Resa de Llodio». También agradece con emoción a su mujer, que nunca puso pegas a su atípica diversión. Con ella viajó en 1979 a Venezuela, donde vivieron 31 años y montaron una empresa de materiales de construcción. Desde allí imploraba a sus familiares, amigos y conocidos que no tirasen ningún billete de lotería. Esta afición ha sido para él un pasatiempo que ahora, con 69 años, viudo y sin hijos en casa, es su principal compañía. Asegura que se le pasan las horas organizando décimos y recuerda las veces que sus familiares le acompañaron a localidades recónditas en busca de números exclusivos. Uno de los últimos fue el 36436, con el que terminó la gran serie numérica de 10.000 papeletas que había comenzado en 1986. La rareza se escondía en un pequeño pueblo de Valencia llamado Oliva.

Koldo siempre ha sido un hombre de aficiones tranquilas. Además de los décimos, colecciona sellos de perros y estampas venezolanas, acumula copas de torneos de mus y asegura haber criado mixtos de jilguero y pardillo. Durante un tiempo también fue cazador, aunque nunca seguía a los jabalíes entre los zarzales, relata mientras rebusca entre las cajas de Farias donde archiva las participaciones. «Me gusta pensar que gracias a este trabajo, incluso los billetes perdedores conservan un valor».

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